Archivo diario: 17 abril, 2014

La Jornada recuerda el discurso de Gabo al recibir el Nobel.

La soledad de América Latina

 Por Gabriel García Márquez

jue, 17 abr 2014 14:57

Domingo 4 de marzo de 2012. Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

 

Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia, que reproducimos en ocasión del trigésimo aniversario de esa histórica entrega.

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Se fue el gran Gabo, demasiadas pérdidas en la república de las letras en este año.

 

Fallece Gabriel García Márquez a los 87 años 

México, DF. Gabriel García Márquez falleció este jueves a la edad de 87 años. Hoy comienza la leyenda que se fue construyendo desde 1927 en un pueblito colombiano de nombre Aracataca, que de la mano de Gabriel García Márquez puso a América Latina en el imaginario de millones de lectores con una palabra mágica: Macondo.

Una leyenda formada de todas esas pequeñas historias que el Premio Nobel de Literatura escribió en sus libros, en su autobiografía, en sus crónicas, en la biografía escrita por Gerald Martin, y hasta en el silencio que guardó durante muchos años ante los medios de comunicación. Una leyenda que se inscribe en el realismo mágico, en el cuento, la crónica, el periodismo, el guión; en los homenajes que se le ofrecieron en vida y los que seguirán ahora con su fallecimiento.

El 31 de marzo de 2014, el autor de Cien años de soledad fue internado durante nueve días en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, debido a un cuadro de deshidratación, infección pulmonar y en vías urinarias. El martes 8 de abril fue dado de alta, y trasladado en ambulancia a su casa para continuar su convalecencia.

Desde hace algunos años comenzaron a circular versiones acerca de que Gabo, el diminutivo con que sus amigos y lectores le conocen, padecía demencia senil. Uno de los primeros en mencionarlo, en 2012, fue su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, quien en declaraciones al diario chileno La Tercera, señaló que García Márquez perdía poco a poco la memoria, que ya no reconocía a sus amigos, y que utilizaba algunas fórmulas para llevar la conversación. Pero «si no te ve, no te reconoce», dijo Mendoza acerca de la salud de García Márquez, con quien hubo un distanciamiento hace años como consecuencia del tema cubano.

Fue Jaime García Márquez, hermano menor del Nobel de Literatura, quien afirmó en Cartagena de Indias, en julio de 2012, que Gabo padecía demencia senil, que afectó a varios miembros de la familia. La pérdida de memoria, atribuyó en ese entonces Jaime García Márquez, llegó como consecuencia de la quimioterapia a la que fue sometido en 1999 para curar un cáncer linfático pero «todavía le tenemos, podemos hablar con él, sigue con alegría, con entusiasmo, lleno de humor», aunque «desgraciadamente» no habrá un nuevo relato escrito por quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982.

Días después, el director de la Fundación del Nuevo Periodismo Latinoamericano, Jaime Abello, pidió en su cuenta de Twitter «por favor, no más comunicaciones de solidaridad: Gabo no está demente, simplemente anciano y olvidadizo, todavía lo puedo disfrutar como amigo»

Pero antes, mucho antes de la pérdida de memoria, de los problemas de salud, y del Premio Nobel, hubo un muchacho que soñó con ser escritor.

Gabriel José García Márquez nació el 26 de marzo de 1927 en Aracataca, ubicado al norte de Colombia, en el municipio de Magdalena. Hijo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez Iguarán, Recuerda Gabo en su biografía, Vivir para contarla.

«Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia. Lo recordaba como era: un lugar bueno para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Al atardecer, sobre todo en diciembre, cuando pasaban las lluvias y el aire se volvía de diamante, la Sierra Nevada de Santa Marta parecía acercarse con sus picachos blancos hasta las plantaciones de banano de la orilla opuesta. Desde ahí se veían los indios aruhacos corriendo en filas de hormiguitas por las cornisas de la sierra, con sus costales de jengibre a cuestas y masticando bolas de coca para entretener la vida. Los niños teníamos entonces la ilusión de hacer pelotas con las nieves perpetuas y jugar a la guerra en las calles abrasantes. Pues el calor era tan inverosímil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día. Desde mi nacimiento oí repetir sin descanso que las vías del ferrocarril y los campamentos de la United Fruit Company fueron construidos de noche, porque de día era imposible agarrar las herramientas calentadas al sol».

Ahí pasó García Márquez los primeros años de su vida al lado de sus abuelos Tranquilina Iguarán y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. «Fue su abuelo, el coronel, quien poco a poco lo rescató de aquel mundo femenino de superstición y premoniciones, de aquellas historias que parecían surgir del lado oscuro de la naturaleza misma, y quien lo instaló en el mundo de la política y la historia que era propio de los hombres; lo sacó, por así decirlo, a la luz del día», escribe Gerald Martin, biógrafo oficial del periodista colombiano en su libro Gabriel García Márquez. Una vida.

Desde muy niño comenzó a escribir pero fue hasta la universidad, mientras estudiaba Derecho, que decidió abandonar la carrera para dedicarse de lleno a la escritura: «Había desertado de la universidad el año anterior, con la ilusión temeraria de vivir del periodismo y la literatura sin necesidad de aprenderlos, animado por una frase que creo haber leído en Bernard Shaw: ‘Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela’. No fui capaz de discutirlo con nadie, porque sentía, sin poder explicarlo, que mis razones sólo podían ser válidas para mí mismo».

Y a eso se dedicó: al periodismo y la literatura. Mientras trabajaba como reportero publicó su primer cuento La tercera resignación, publicado en el diario El Espectador, el 13 de septiembre de 1947. Dos décadas después se publicaría la novela que lo llevó a la fama y al corazón de millones de lectores: Cien años de soledadGabo tenía entonces 40 años, y en 1958 se casó con Mercedes Barcha, con quien tuvo a sus hijos Rodrigo y Gonzalo.

Desde 1947 y hasta 1992 publicó varios cuentos, que recientemente fueron compilados en el volumen Todos los cuentos(Mondadori), entre ellos Los funerales de la Mamá Grande, Doce cuentos peregrinos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y también ese primer cuento publicado La tercera resignación.

Entre sus libros se encuentran La hojarascaLa mala horaEl coronel no tiene quien le escribaEl otoño del patriarca,Crónica de una muerte anunciadaEl amor en los tiempos del cóleraNoticia de un secuestroMemoria de mis putas tristes, y de manera más reciente Yo no vengo a escribir un discurso, además de su obra de teatro Diatriba de amor contra un hombre sentado. Su trabajo en diarios se encuentra reunido en varios tomos en la serie Obra Periodística desde 1948 hasta 1984, divididos en Textos costeños, Entre cachacos, de Europa a América, Por la libre y Notas de prensa.

Integrante del Boom latinoamericano, junto Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y José Donoso, Gabriel García Márquez es uno de los principales representantes del realismo mágico, que él mismo definió como la ruptura de la frontera entre lo que parece real y lo que parece fantástico.

Y entonces en 1982 llega el anuncio del Premio Nobel de Literatura. Su discurso La soledad de América Latina es un clásico junto con El cataclismo de Damocles, y Botella al mar para el dios de las palabras, que es el que ofreció en Zacatecas en 1997 durante el Primer Congreso de la Lengua Española. Diez años después de ese congreso, otra reunión de académicos de la lengua le rindió uno de los más grandes homenajes en Cartagena durante el cuarto Congreso Internacional de la Lengua española. El festejo fue todo para Gabo, quien cumplía 80 años de edad, 40 de la publicación de Cien años de soledad y 25 del Nobel. Ahí, García Márquez recibió la edición especial de su novela cumbre, preparada por la Real Academia de la Lengua Española, un homenaje editorial que cuatro años antes se le había hecho al Quijote, de Miguel de Cervantes.

Al finalizar ese encuentro, Gabo dijo a sus amigos que el homenaje le había dado la clave para escribir el segundo tomo de sus memorias, Vivir para contarla. En el primer tomo Gabo escribió, quizá a manera de consejo, quizá a manera de advertencia: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/04/17/fallece-gabriel-garcia-marquez-6659.html

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